Ramón Piaguaje 

Su interés por el arte tuvo un receso desde los 21 años de edad. Empezo su vocación artística y autodidacta en 1990, cuando el antropólogo William Vickers, quien vivió en la comunidad secoya por varios años, le regaló una caja de pinturas de óleo. Aquello brindaba nuevos horizontes a Piaguaje, quien hasta entonces solo había trabajado con los negros y rojos que extraía de semillas del bosque. Su primera exposición fue dos años después en la Universidad Católica de Quito. Fueron siete obras que se vendieron a unos 700 sucres cada una. “Constituyó una grata sorpresa para el arte. Se iniciaba el descubrimiento de una historia biográfica-artística”, escribió Stella Barrera, quien entonces comenzó a surtir de lienzos y óleos al artista. Fue Barrera quien como representante en el Ecuador de la compañía británica de materiales de arte Windsor & Newton, que organizó el concurso Our World in the Year 2000, convenció a Piaguaje de participar en ese evento internacional, que tardó un año en analizar las obras de los participantes para determinarlo como ganador… para cambiarle la vida. Desde entonces sus cuadros han sido solicitados por quienes están dispuestos a pagar los más de 15 mil dólares que vale cada uno. Sin embargo, no es un hombre adinerado. Sus recursos los utiliza para ayudar a obras sociales que impulsa la iglesia cristiana de su cantón, como la construcción del templo y la compra de motores fuera de borda. También tiene una casa en Quito y una camioneta Toyota roja doble cabina del 2005 que disfruta de manejar para pasear con su familia. En la comunidad gusta, al igual que otros secoyas, de vestir su tradicional hábito, andar descalzo (sus pies son grandes y gruesos), beber chicha de maíz y comer carne de guanta. Aunque para salir a Shushufindi, Lago Agrio o Quito luce camisetas y jeans de marcas extranjeras, bebe jugo de naranja en botella y come galletas empaquetadas en plástico.